La diestra y conmovedora prosa de María Melo

por el 23/04/17 at 2:17 pm

La novel creadora María Melo entra formal y auspiciosamente a la narrativa dominicana con la publicación de “La señal”, libro de cuentos que reúne un conjunto de historias relatadas con singulares destrezas, profundo conocimiento temático, estilo propio y el gracejo que hace relumbrar a los mejores en la narrativa.

Transitar los resbaladizos caminos del cuento no es faena sencilla, y resulta un enorme desafío que pocos consiguen superar con éxito, pero nuestra autora sanjuanera, sagaz observadora de la realidad y de la naturaleza humana, ha encontrado en el contexto socioeconómico dominicano sus fuentes de inspiración y nos sirve sus resultados grácil y generosamente en este volumen.

La lectura de sus narraciones nos muestra que la creadora sabe elegir argumentos, conoce los entresijos del subgénero y posee olfato y buen pulso narrativo, lo que la conducen a ofrecer un manojo de sugestivas historias que difícilmente dejen al lector indiferente.

De manera especial, Melo deslumbra en los relatos que retratan el ambiente rural y a los hombres y mujeres que habitan en los círculos de la miseria, del sufrimiento y el abandono. Al leerla podemos aquilatar su hondo conocimiento de esos entornos, de las almas atormentadas y de la idiosincrasia de quienes luchan, a contracorriente, por sobrevivir a las mayores desventuras y a los engaños superlativos.

Con un diestro dominio de las voces y de los planos, en gran parte de sus relatos la autora recurre al narrador omnisciente, aunque encontramos en su propuesta algunas historias contadas desde otras perspectivas.

Sobresale en este libro su ducho dominio del habla popular vernácula, con sus giros y vocablos coloridos y singulares, utilizados por buena parte de los personajes.

No hallaremos en esta obra cabriolas estilísticas ni técnicas complejas. Melo narra manteniendo la tensión desde el principio hasta el final, siguiendo las recomendaciones de notables maestros del cuento tradicional como Juan Bosch y Horacio Quiroga, y lo hace sin vacilaciones, desarrollando sus argumentos de manera directa y efectiva, con palabras certeras e imágenes enriquecedoras que armonizan con las texturas de sus historias y que fluyen sin cortapisas, como las prístinas aguas de un torrente.

“La señal” es el primer cuento con el que la autora abre el libro, el cual fue reconocido con una mención de honor en el recién pasado Concurso de Cuentos de Casa de Teatro. Se trata de un relato sobre presagios y premoniciones, que culmina con un final insospechado.

“Castidad” es reflejo de una pasión prohibida, protagonizada por un joven sacerdote y una joven. Nuestra autora, mostrando pericia al abordar el riesgoso tema del erotismo, juega con los tiempos verbales, aproximando a los lectores a los sucesos y logra que estos puedan  aprehender las escenas como si se desarrollasen ante sus ojos.

En “Con el pie izquierdo” la narradora recurre a primera persona. Retrata la debacle de un hombre que sufre un devastador atraco y el adulterio y abandono de su mujer. La pobreza es el trasfondo de este drama.  “Pero no creía ni remotamente que de mi situación pudiera salir algo bueno. Los creyentes estaban errados. Lo que me acontecía no pintaba nada positivo. La época de las vacas flacas había arrasado mi mundo cercenándolo todo. Moría de inanición, mis bolsillos estaban vacíos, mi mujer me había dejado y un tipo acababa de declararme su amor. Con tales perspectivas de qué manera podía surgir como un ave fénix”, se pregunta el desasosegado protagonista, que culmina sus avatares con un cierre inesperado de tinte humorístico.

En “Cara o cruz”,  la autora narra en segunda persona la peculiar historia de una muchacha “chivirica”, que busca desesperadamente deshacerse del resultado de sus andanzas hasta que por fin, lo consigue.  Es notable la comprensión de la autora de la psiquis femenina y su capacidad para desentrañar conflictos existenciales.

Al respecto escribe: “Ella consentía el romance haciendo de guardiana en la puerta y cuando reventó el chisme tu mamá la enfrentó con tremendo maratón de obscenidades culminando con trompadas y jalones de moños revueltas en el lodazal.  Chiquillos y más creciditos gozaron un mundo viendo sus carnes al aire y en vez de separarlas atizaban para que la lucha arreciara.  Resollando de furia, tu madre completó contigo abofeteándote mínimo cien veces y solo paró cuando alguien amenazó denunciar”.

Con “Eufemio”, Melo se aventura de nuevo con el narrador en primera persona y le da voz a un mozalbete, que evoca una estremecedora historia contada por su abuelo acerca de un episodio vivido por un hombre,  víctima de la codicia, quien, movido por el dolor y la sed de hacer justicia, le tiende una trampa a sus victimarios. Este cuento mantiene la tensión desde el principio al final y desconcierta con su conclusión.

“La ventana: es un cuento gótico, que nos remite a los relatos tenebrosos de Edgar Allan Poe. En este caso la narradora nos atrapa al contar las acciones de un ser de mentalidad retorcida, de un criminal. “La desesperación de Felo, no conocía límites. Nunca había soportado tan larga abstención. Sentía escalofríos, calambres. Le consumía un ardiente fuego interior. Aunque sonara ilógico, aquella noche era de luna llena. Cuando eso sucedía, su necesidad crecía.  Existían tratados relativos a la relación psiqui-luna, pero esto no entraba en sus expectativas”, relata.

Otro de los textos de este libro es “Adiós a Rita”.  De nuevo Melo narra en segunda persona, esta vez  acerca del fallecimiento de una amiga entrañable, marcada por un azaroso destino. Esta ficción es una especie de radiografía de una mujer poliédrica, que acaba descendiendo a los infiernos.

“Según se cuenta, Rita deambuló por los bares españoles, pernoctó en ignotos lugares con todo tipo de viandantes. Descendió, tocó fondo con especies de todas las calañas, y don cualquiera, don casualidad, le ‘pegó’ la terrible enfermedad”, dice la voz narradora.

La actitud mercantilista e inclemente de un médico queda reflejada en “Mercader”, que también revela el dolor padecido por el galeno cuando cae el telón y reverberan sus ansias de venganza contra quien ha propiciado su desenmascaramiento.

La prosa de Melo fulgura y sorprende en “No era Fermín”. En esencia es el relato de una enorme injusticia, finiquitado de manera impensada, con lo que la autora reitera su habilidad para auscultar el alma y su destreza creativa.

En “La mecedora” la escritora, como si estuviese ante una caja de Pandora en ebullición, ventila varias tragedias familiares, que emergen a través de los recuerdos de una mujer memoriosa y consumida. Se entrecruzan así diversos sucesos sobre el luctuoso pasado de un clan familiar marcado por los dolores y desencuentros.

En “La búsqueda” asistimos a la eclosión de un enamoramiento, a la gozosa ensambladura del cóncavo y convexo. Luego llegará el desencuentro, de nuevo la ilusión y el irremisible e inesperado desengaño. Con este cuento,  Melo explora otras formas de expresión, muy distintas a las utilizadas en los primeros relatos. Encontramos frases cortas y palabras como pinceladas. Predomina lo visual y se estimulan las sensaciones.  Por ende,  escribe: “Y vislumbras de pronto,   como   al acecho,   un trozo de cielo, cuajado de estrellas. Inagotable pasión. Embriaguez, eso sientes…  Frenesí, locura…   es demasiado la dicha… Tiemblas.  Y de nuevo redescubres, palpitas, todo es bello, excelso…”

En “Bobi”,  la autora se sumerge en el ambiente citadino. El cuento versa sobre un pequeño mundo canino que se desmorona hasta conmocionarnos. Es un texto urbano, protagonizado por un perro caído en desgracia a causa de una enfermedad.  El triste y dramático final del animal maltratado, abandonado y sufrido cierra el libro con esta historia dolorosa y lúgubre.

“La comezón no lo dejaba en paz ni un instante. Las llagas se tornaban purulentas con manchas negruzcas; el desagradable tufo que expedía empeoró; donde se echaba dejaba una humedad pegajosa y nauseabunda. La señora, hastiada de prohibirle la entrada a la casa y que los niños violaran las normas una y otra vez, temerosa de un contagio y asqueada de limpiar tanta inmundicia le exigió al marido una solución definitiva”, relata María concluyendo de este modo  esta serie de cuentos que le abren una plaza en la narrativa dominicana, a la que de seguro ella le seguirá aportando sus peculiares talentos de escritora y  su innata capacidad para conmover y seducir con la efectividad de su prosa y la profundidad de sus argumentos.

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