Costumbres dominicanas de la posmodernidad

por el 03/12/17 at 7:15 pm

Como vivimos sumergidos en las batallas cotidianas, muchas personas no reflexionan sobre el hecho ostensible de que el pueblo dominicano experimenta cambios de costumbres en diversos aspectos, en esta era posmoderna.

No solamente han cambiado la economía, la educación, la vida cotidiana y el paisaje urbano y se han transformado nuestros campos, antes espacios bucólicos y silenciosos, en los que los residentes y visitantes disfrutaban de auténticos remansos de paz, ajenos al bullicio que hoy produce la música estridente con la que se animan casas, colmadones, vehículos, vendedores ambulantes, calles y esquinas.

Velorio en la Funeraria Blandino

En los últimos años diversas facetas y costumbres de nuestra sociedad se han ido transformando. Otras han llegado con sorprendente empuje, fruto de las influencias foráneas.

Algunas prácticas incluso han desaparecido, como la celebración del Día de San Andrés, cuando se imponía una antigua tradición asentada en la época de la colonia española, que llevaba a la muchachada a lanzarse polvo blanco en las calles pedregosas y poco transitadas de las ciudades.

Otras costumbres han llegado para quedarse como las celebraciones del  Thanksgiving Day (Día de Acción de Gracias)  y del  Black Friday (Viernes Negro), con el que el comercio local ya hace “su agosto”.

Nueva cultura funeraria

Uno de los cambios que más llama la atención es el que se ha producido en torno a los cultos funerarios y a las actitudes ante la muerte que hoy muestran diversos segmentos de la población, muy  dados a vivir el espectáculo que gira en relación al fallecimiento de un familiar y a su divulgación en las redes sociales, que definitivamente están provocando drásticas transformaciones en la manera en que la gente se proyecta. El  caso es que la forma en que velaban y sepultaban anteriormente a los difuntos va quedando solo en la memoria de los mayores.

Las transformaciones experimentadas por la sociedad, influenciada sin dudas por el impacto de las comunicaciones, la transculturación y las migraciones, se manifiestan en nuevas maneras de reaccionar ante el deceso de un ser querido.

Por ejemplo, las funerarias han desplazado a las residencias como espacios escogidos para velar a los difuntos, sobre todo de las clases medias y altas. Incluso en campos y barrios han surgido las funerarias comunitarias, en donde se hacen los velorios de las clases bajas.

En el pasado van quedando el luto largo y riguroso, a que se sometían las mujeres, los velorios realizados en las casas de antaño, las amanecidas en torno el féretro, las repetidas plegarias de las rezadoras de oficio y los gritos sinceros de familiares y los pagados de las plañideras.

También van formando parte del ayer las comilonas servidas el último de los “nueve días”, período en el que la familia se encerraba, sobre todo las señoras, para recibir los pésames en un ambiente de recogimiento e inocultable dolor.

En los últimos diez o quince años, la costumbre de hacer el austero y silencioso cortejo fúnebre hacia “la última morada”, ha abierto espacio al ruidoso desfile de las clases bajas, en el que lloran, cantan, beben y echan ron sobre el féretro y se difunde a alto volumen la música que prefería en vida el fenecido.

El uso de la bandera nacional, para darle “dignidad” a ese tipo de manifestación es bastante extendido, sin importar que el tránsito a la muerte haya sido provocado por un suicidio, un intercambio de disparos con la policía, una vendetta por narcotráfico u otro episodio poco honorable.

En las funerarias, sobre todo en las de clase alta, prevalece un ambiente “refinado”, de intercambio social, en el que la gente participa con el mejor atavío, para dar o recibir las condolencias.

La cremación de cadáveres se está imponiendo en las clases altas e instruidas, que prefieren la conversión en polvos de los restos,  por esta vía,  a la “cristiana sepultura” de otras épocas, en que no existían los costosos cementerios privados de nuestros días ni el vandalismo que azota a la mayoría de los camposantos públicos.

mpereyra@diariolibre.com

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